EFECTOS DEL ESTRÉS PRENATAL SOBRE EL EJE NEUROENDOCRINO HIPOTALAMO-HIPOFISIS-ADRENAL Y EL EJE NEUROENDOCRINO
MATERNO-PLACENTARIO-FETAL
Lic.
Mariana Harris
“el pinchazo de una aguja en un germen en proceso de bipartición celular
tiene como consecuencia una grave perturbación del desarrollo. Ese mismo ataque
a la larva o al animal ya crecido se soportaría sin que sobreviniera daño”
Wilhem Roux – (1850-1924)
- fundador de la embriología experimental.
I. Introducción
A partir de los estudios de Levine (1957) se fue desarrollando el
concepto de que tanto
los estados de salud como la susceptibilidad a la enfermedad pueden ser
transmitidas de una generación a otra. En las últimas
décadas, este concepto ha despertado mucho interés científico ya que
señala un factor clave en la investigación de las causas de las enfermedades
complejas de mayor incidencia, tanto sistémicas como psiquiátricas.
Es importante destacar que las diferencias
individuales en la función psicoinmunoneuroendócrina juegan un papel muy importante
en dicha susceptibilidad y los modelos evolutivos postulan que estas
diferencias individuales se desarrollan en una dinámica de interacciones
progresivas entre los genes y el entorno desde la vida fetal hasta la adulta. Los resultados de estudios experimentales en animales, han
aportado pruebas convincentes de que los procesos psicoinmunoneuroendócrinos
relacionados con el estrés, más precisamente el estrés crónico, influyen
negativamente en la salud, especialmente en momentos críticos del desarrollo.
Sin embargo, la
extrapolación al hombre de los hallazgos en animales, debe ser cuidadosamente
considerada, ya que deben tomarse en cuenta las grandes diferencias
fisiológicas y temporales entre las especies. No obstante, existe una amplia
coincidencia en que el entorno materno ejerce una influencia significativa en
los procesos del desarrollo neurológico fetal, relacionados con procesos
cognitivos tales como la memoria, la atención y la habituación así como en
alteraciones en la respuesta al estrés del sistema cardiovascular (Mastorci y
col.2009) (Igosheva y col.2007) e
intolerancia a la glucosa (Lesage y col. 2004), efectos que para
algunos investigadores podrían variar según el género. (Darnaudery y
col.2008). Mas aún, diversos estudios en animales también
evidenciaron alteraciones en la morfología del cerebro (Coe y col. 2003) tales como una reducción
del volumen del hipocampo, región del cerebro responsable de la memoria y del
control del eje HPA, y un aumento de volumen de la amígdala, región íntimamente
relacionada con las emociones.
Un hallazgo de importancia en la investigación
con animales, es la posibilidad de transmisión a otras generaciones del efecto
de la “programación” del desarrollo prenatal (Drake y col. 2005). El concepto de programación se desarrolla
para explicar el proceso por el cual un organismo se adapta a eventos y cambios
en su entorno generando alteraciones estables en su fenotipo. La programación describe
el proceso mediante el cual el desarrollo fetal, mediado por mecanismos
epigenéticos, se altera por cambios en su entorno inmediato. Esto sugeriría la
posibilidad de que los cambios epigenéticos podrían afectar tanto al ovocito
como al espermatozoide. Los efectos de
estos cambios pueden variar en diferentes periodos sensibles del desarrollo
embrionario y pueden darle forma a la estructura y función del cerebro y otros
órganos periféricos, con efectos permanentes o de largo plazo en la fisiología
de la descendencia lo largo del desarrollo.
Aunque no hay aún una comprensión exacta y
completa acerca de los mecanismos por los que el estrés prenatal puede inducir
alteraciones cognitivas, metabólicas y conductuales en la vida posterior, los
trabajos de investigación científica que hemos revisado en esta monografía
sugieren que algunos de estos mecanismos
son procesos psicoinmunoneuroendócrinos que estarían mediados en gran parte por
cambios epigenéticos en la programación del eje HPA fetal regulados por la
interacción de la hormona liberadora de corticotrofina (CRH) con los
glucocorticoides maternos y las hormonas y enzimas placentarias.
II. Epigenética y estrés prenatal
La epigenética se refiere a una variedad de
procesos que afectan a la expresión de genes, sin que se produzcan
modificaciones en la secuencia de ADN, es decir que no modifican el genoma.
Según recientes investigaciones, estos procesos modulan la expresión de genes
que se relacionan con la conducta, el patrón de responsividad al estrés y la
función inmunológica (Zhang y Meaney 2010).
El genotipo permanece generalmente constante
en diferentes entornos, salvo por ocasionales mutaciones que pueden
determinar cambios. Sin embargo, cuando el mismo genotipo se encuentra sometido
a diferentes situaciones ambientales, puede producir una amplia variedad de
fenotipos, mediado por modificaciones epigenéticas. Estas variaciones
fenotípicas, son atribuibles a los efectos de cambios determinados por
la influencia del ambiente en la expresión y función de genes específicos, lo
que se ha dado en llamar interacción genotipo-ambiente o epigenoma.
La capacidad del genotipo de producir
diferentes fenotipos en respuesta a una variedad de estímulos, se denomina
“plasticidad”. En la programación del desarrollo, la existencia de procesos plásticos proporciona
al organismo las mejores oportunidades de supervivencia y reproducción en
entornos cambiantes. Por lo tanto, las condiciones del entorno prenatal pueden
influenciar profundamente la biología humana y la salud a largo plazo.
La ventana de mayor plasticidad del desarrollo se
extiende desde la preconcepción hasta la primera infancia. Involucra respuestas
epigenéticas que influirán sobre el desarrollo mismo, sobre la expresión de
genes específicos en células y tejidos, y en el dimorfismo sexual. En ciertos
casos, como lo mencionáramos anteriormente, estas respuestas se podrían
transmitir transgeneracionalmente. Se estima que el momento de máxima
plasticidad es el del desarrollo in útero, aún cuando sean admisibles respuestas
epigenéticas en la vida postnatal especialmente en momentos de grandes cambios
vitales, tal como el paso de la infancia a la adolescencia e incluso en la
adultez. Esta capacidad del organismo para facilitar los cambios es lo que se
denomina “adaptación”.
Es preciso saber que para que se realicen estas
modificaciones adaptativas, sin que se modifique el genoma, lo que se
modificará será la expresión de determinados genes o grupos de genes. Podría decirse
que la información genética provee el plan maestro para la fabricación de una
determinada proteína que deberá cumplir una determinada función en una célula,
mientras que la epigenética proveería las instrucciones para la implementación
de dicho plan, de acuerdo a un patrón regulador de la expresión de genes. Este
patrón regulador estará determinado por, y a su vez será determinante de, las
múltiples diferencias individuales, de acuerdo a la herencia y a las diferentes
experiencias con el entorno durante el desarrollo, que estructurarán la
susceptibilidad tanto a la salud como a determinadas enfermedades. Estas
regulaciones pueden ser en algunos casos transitorias, pero en otros casos
pueden ser más estables. En este último
caso estos cambios podrían transmitirse a la siguiente generación.
La expresión de genes regulada epigenéticamente
(epigenoma), es consecuencia de pequeñas modificaciones químicas que marcan el
genoma, y que juegan un papel fundamental en el “encendido” o “apagado” de
determinados genes.
El ADN se encuentra en el interior del núcleo de
cada célula “enrollado” alrededor de proteínas llamadas histonas. Este
“enrollamiento” puede ser más laxo o mas condensado. Cuanto más condensado se
encuentre, mas difícil se torna el acceso a los genes. Por lo tanto ya sea para
silenciar o para activar un gen o grupo de genes se requiere de la
accesibilidad a la cromatina.
Fig.1 -
Metilación del ADN y modificación de histonas.
En estas regulaciones participan varios procesos, siendo
uno de los más importantes, la metilación del ADN, que se realiza por medio del
agregado de un grupo metilo al esqueleto de la molécula de ADN en el sitio de
los anillos de citosina en el dinucleótido CpG. Estos
grupos metilo silencian genes, cerrando la accesibilidad a la cromatina e
impidiendo la llegada de la maquinaria de transcripción celular (Razin 1998). Se sugiere leer este
artículo para un desarrollo detallado sobre este tema.
Otro proceso epigenético es la acetilación, que
consiste en la modificación de las histonas, que también indirectamente, afecta
la accesibilidad a la cromatina. A través del agregado de un grupo acetilo se
facilita la accesibilidad a la cromatina y de este modo, un gen que estaba
silenciado, podría activarse. Cada uno de estos mecanismos regulatorios opera
epigenéticamente sobre el destino de las células durante la embriogénesis y el
desarrollo fetal (Mikkelsen y col. 2007). Es importante señalar
que dado que la metilación del ADN forma parte de la estructura química del
mismo, el patrón de metilación del ADN es más estable que otras modificaciones
epigenéticas.
La mayoría de los estudios que demuestran que las
situaciones adversas sufridas tanto in útero como en etapas postnatales
tempranas son capaces de modificar la expresión de genes en regiones relevantes
del cerebro, también ha demostrado que las mismas tendrán eventualmente,
influencia en la conducta. Estos estudios fueron mayoritariamente realizados en
animales aunque en la actualidad es creciente el número de estudios disponibles
en humanos que confirman esta hipótesis.
Fig.3 - Esquema comparativo de la estructura
genética de GR en humanos y en roedores y sus potenciales transcripciones del
mARN. (Turner y
Muller 2005). La abundancia
de estudios en animales, sobre todo en roedores, se explica en primer lugar,
por obvias razones éticas, y también por la relativa facilidad de obtener
poblaciones de estudio controladas en el tiempo para obtener conclusiones a
relativo largo plazo. Los roedores brindan además una ventaja adicional, ya que
su carga genética es muy similar, en un 80%, a la humana.
Examinaremos a continuación una de las estructuras
quizás más sensibles a los cambios epigenéticos producidos por el estrés
maternal durante la gestación en la vida uterina y postnatal temprana.
III. Eje
neuroendócrino hipotalamico-hipofisario-adrenal y eje neuroendócrino
materno-placentario-fetal
Eje
hipotálamo-hipofisario-adrenal (HPA)
El eje hipotálamo-hipófisis-adrenal consiste en una
compleja serie de interacciones entre el hipotálamo, la hipófisis y la corteza
adrenal, que media la respuesta al estrés a través de la acción de los glucocorticoides,
su producto final.
Fig.4 – Componentes anatómicos del eje y su regulación a través de un
sistema de feedback.
El núcleo paraventricular del hipotálamo, la
hipófisis anterior y la corteza adrenal integran un sistema interdependiente,
cuya función es mantener la homeostasis interna. En respuesta al estrés, el
núcleo paraventricular del hipotálamo segrega la hormona liberadora de
corticotrofina (CRH) y arginina vasopresina que, a través del sistema de
circulación porta hipofisario, entran en la hipófisis anterior y estimulan sinérgicamente
la secreción hipofisaria de adrenocorticotrofina (ACTH), cuyo precursor es la
proopiomelanocortina producida en las células corticotropas de la hipófisis
anterior, hacia la circulación periférica. Luego de liberada, la ACTH inicia la
producción y secreción de glucocorticoides desde la corteza de la glándula
suprarrenal los cuales ejercen una función de feedback o retroalimentación
negativo sobre el núcleo paraventricular del hipotálamo para cerrar el sistema
una vez superada la amenaza.
Los glucocorticoides son hormonas esteroideas
fisiológicamente muy importantes para el mantenimiento de la homeostasis, ya
que ejercen efectos metabólicos, endócrinos e inmunológicos sobre la mayoría de
las células. Más aún, dado que pueden atravesar la barrera hematoencefálica,
durante el embarazo ejercen sus efectos en la estructura y funciones cerebrales
del feto modulados por la enzima placentaria 11BHSD-2.
Receptores GR-MR
Los glucocorticoides ejercen sus acciones mediante
dos tipos de receptores. Los tipo I (MR), receptor de mineralocorticoides y los
tipo II (GR), receptor de glucocorticoides. Ambos tipos de receptores están
localizados en áreas relacionadas con la emoción, el aprendizaje y la memoria.
Mientras que los receptores MR están presentes en el hipocampo y en menor grado
en el córtex prefrontal, la amígdala y el núcleo paraventricular, los GR se
pueden encontrar en casi todo el cerebro, con mayores niveles en el hipocampo y
el núcleo paraventricular.
Los receptores MR tienen 10 veces más afinidad que
los GR para el cortisol, lo que significa que en condiciones de niveles basales
de cortisol la ocupación predominante será de receptores MR. La activación de
los GR ocurrirá en momentos de mayor concentración de cortisol, como por
ejemplo luego de una situación de estrés o un pico circadiano de actividad del
eje HPA. El balance de la actividad de ambos tipos de receptores modulan la respuesta de estrés apropiada, controlando
el “apagado” o la terminación de las reacciones del eje ante una situación de
estrés.
El exceso de exposición a glucocorticoides durante
el desarrollo fetal, puede producir una disminución en la expresión de genes en
ambos o en alguno de los receptores, con el consecuente deterioro del feedback
regulatorio sobre el eje HPA que podría ser de largo plazo. En un trabajo de investigación en un modelo
animal, una reducción de los niveles de GR de entre un 30 y 50%, resultó en
desórdenes significativos en los sistemas
neuroendócrino, metabólico e inmunológico (Vanderbilt y col. 1987).
La reducción adaptativa en la expresión de los genes
de receptores para glucocorticoides (GR), conjuntamente con la reducción de la
sensibilidad del hipocampo y del hipotálamo, dos estructuras críticas en el
“apagado” de la respuesta al estrés, (Henry y col.
1994), podría resultar útil para
la supervivencia fetal en el corto plazo, pero al mismo tiempo podría dejar
sentadas las bases para una susceptibilidad a largo plazo a determinados
desordenes afectivos y de la conducta. Esto ocurriría conjuntamente con una
modificación de la responsividad del eje HPA al estrés en la vida extrauterina ya
que se alteraría así el feedback inhibitorio de la corticosterona sobre sus
receptores, lo que ocasionaría que la respuesta de la corticosterona a un nuevo
estresor sea mayor y más prolongada.
La mayoría de los resultados de estudios realizados
en modelos animales coinciden en que la gravedad de estos efectos dependería de
determinadas condiciones, tales como el momento del desarrollo en el que se
haya padecido el estrés, la intensidad del estrés padecido y la gravedad del
estresor. En humanos, las etapas más afectadas por el estrés materno serian el
primer y el tercer trimestre, siendo este último un momento crítico en la
maduración del eje HPA. La existencia de concentraciones de glucocorticoides
fetales más altas de lo adecuado por ejemplo, por estrés materno, sería una
señal de amenaza para la homeostasis, que podría producir modificaciones
epigenéticas en la programación del eje HPA fetal. Estas modificaciones
ocurrirían a través de cambios en la expresión de genes que codifican para los
receptores GR de glucocorticoides. Debe, sin embargo tenerse en cuenta, cuando se intenta extrapolar a los humanos los resultados
de estudios con animales, (Cintra y col. 1993; Diaz y col. 1998), que los
patrones de desarrollo de la expresión de los GR y MR son específicos de cada
especie.
La neuroplasticidad del circuito regulador del
eje HPA se encuentra inducida por los glucocorticoides. Es por este motivo que la
exposición al estrés juega un rol importante en un amplio espectro de
anormalidades del eje, incluyendo alteraciones en los ritmos circadianos, alteraciones
en la respuesta al estrés y desregulación basal del HPA (Levy y Tasker 2012). En vista de los efectos regulatorios de las hormonas
del eje HPA en el perfil de expresión de genes, la sobreexposición a estas
hormonas de órganos con sensibilidad a glucocorticoides, tales como el cerebro,
el hígado o el páncreas, durante períodos críticos del desarrollo fetal, podría
resultar en una alteración permanente de la salud post natal (Xiong y Zhang 2013). Estudios en animales han demostrado que la activación o el bloqueo de estos
receptores, influirá en conductas relacionadas con la ansiedad, la exploración
y la memoria. Estas conductas están ligadas al sistema límbico y son parte del
repertorio de conductas que se han investigado en relación a la memoria
espacial y el condicionamiento del miedo.
La reducción, durante el desarrollo in utero, tanto en la cantidad de receptores a
glucocorticoides como en la sensibilidad de las estructuras límbicas implicadas,
alterarían también la actividad del sistema nervioso autónomo y los neurotransmisores
involucrados.
Eje materno-placentario-fetal
Corticotrofina (CRH) Placentaria
Los glucocorticoides se consideran uno de los
mediadores fundamentales entre el estrés maternal y sus efectos sobre el
desarrollo fetal, pero no los únicos. Si bien en modelos animales se ha
comprobado el efecto directo del exceso de glucocorticoides en el feto en
situaciones de estrés materno, en humanos esto no parecería funcionar de la
misma manera. El CRH placentario ejerce efectos significativos en ese sentido y
su actividad se interrelaciona necesariamente con los glucocorticoides
maternos.
El
neuropéptido liberador de corticotrofina (CRH), tal como lo caracterizamos en
el capítulo precedente, es el principal regulador del eje HPA. Pero tanto el
CRH como sus receptores han sido identificados no solo en el SNC sino en la
mayor parte de los tejidos reproductivos femeninos, incluyendo el ovario, el
útero y la placenta.
El CRH ovárico participa en la producción de
esteroides sexuales femeninos, en la maduración folicular, en la ovulación y la
luteolisis.
El CRH uterino participa en la
decidualización, la implantación y la tolerancia materna temprana.
La placenta humana expresa genes tanto para la
proopiomelanocortina, precursor del ACTH, como para el CRH placentario que
participa en la fisiología del embarazo y el comienzo del trabajo de parto y
cuya existencia se ha detectado exclusivamente en primates y en humanos.
El CRH
placentario actúa en la fisiología de la gestación y en el inicio del trabajo
de parto. En contraste con su
regulación a través de feedback negativo sobre el CRH hipotalámico, el cortisol
aumenta la producción de CRH placentario (King y col. 2002). La diferencia en el comportamiento del gen de
CRH en la placenta, con respecto al gen de CRH en el hipotálamo, se debe a la
expresión de diferentes factores de transcripción, coactivadores y
correpresores en estos dos tejidos. Para ver en más detalle la diferenciación
de las acciones de los glucocorticoides sobre la expresión de genes de CRH en
distintos tejidos se sugiere consultar el trabajo de investigación de Robinson
y col (1988).
Durante el embarazo, la placenta libera CRH, tanto
en compartimentos maternales como fetales. Las concentraciones de CRH
placentario (p.CRH) aumentan exponencialmente durante el curso de la gestación.
Este aumento en el plasma materno sería responsable
del hipercortisolismo fisiológico que tiene lugar en este período (Kalantaridou y col -2004).
Regulación del
eje HPA durante el embarazo (Sandman y col. 2011)
Fig. 5 - La regulación del eje HPA cambia significativamente durante el
curso del embarazo y uno de sus cambios más importantes es el desarrollo de la
placenta. Además de sus efectos sobre el p.CRH, el cortisol materno atraviesa
la placenta. Los efectos del cortisol materno sobre el feto, están modulados
por la presencia de la enzima 11B HSD2 que lo inactiva transformándolo en
cortisona.
En condiciones fisiológicas y a medida que
progresa el embarazo, los niveles de estas hormonas, incluyendo el cortisol
materno, aumentan en forma muy significativa. Estos cambios endócrinos son
importantes y necesarios para la maduración fetal. El CRH placentario
circulante se segrega sobre todo durante la última mitad del embarazo y es
responsable del aumento concomitante y fisiológico del cortisol durante este
periodo. (Luego del parto, este hipercortisolismo es seguido por una supresión
transitoria de la secreción del CRH hipotalámico, lo que podría explicar la
tristeza y la depresión post-parto ( Kalantaridou y col. 2004;
Mastorakos y Ilias 2000)
Pero si bien la secreción del CRH placentario
es autónoma y fisiológica, hay crecientes evidencias (Florio y Petraglia 2001) de que determinadas condiciones patológicas
maternales o fetales pueden influir en el aumento excesivo de tal secreción. En
casos de estrés crónico materno, o eventos de estrés agudo, de origen diverso, ya
sea de orden metabólico, físico o infeccioso, la placenta participaría de una
respuesta de estrés (lucha o fuga) local, segregando CRH para restaurar el
flujo sanguíneo a nivel local y activar el trabajo de parto. De modo que el CRH
placentario y las citoquinas producidas, por ejemplo en caso de una infección
intrauterina, podrían activar el trabajo de parto para preservar al feto de un
entorno hostil.
Recientes estudios en humanos sugieren que el
estrés maternal crónico compromete la regulación normal de la actividad
hormonal durante el embarazo y aumenta la CRH circulante, de probable origen
placentario (Weinstock 2005) antes de su aumento
normal que ocurre en el nacimiento a término. El exceso de CRH y por ende del
cortisol que atraviesa la placenta, podrían así precipitar el trabajo de parto
prematuramente, contribuir al bajo peso del recién nacido y a su ritmo reducido
de crecimiento in útero. Estas alteraciones, que pueden significar un cambio
adaptativo favorable para la supervivencia del feto en el corto plazo, también
podrían sentar las bases para una posible susceptibilidad a ciertos desordenes
y/o enfermedades en la vida postnatal.
Reloj placentario
Los cambios fisiológicos de los niveles de
corticoides y CRH son adaptativos e importantes para la maduración fetal, pero
si estos niveles se elevaran por encima de lo normal, por ej. en respuesta al
estrés, podrían afectar la trayectoria del desarrollo fetal. La placenta recoge
información del ámbito maternal para preparar al feto para la supervivencia
post natal (Gluckman y
Hanson 2004). Por lo tanto si la placenta detecta signos significativos
de estrés del entorno materno (por ej. cortisol en exceso), el así llamado
“reloj placentario” (McLean y col. 1995) se podría adelantar.
Consecuentemente, el aumento anormal de la
secreción placentaria de CRH se podría considerar un marcador de riesgo con
respecto al tiempo de gestación y parto (Smith y Nicholson 2007).
Enzima 11B-HSD2
La actividad del eje HPA y de las hormonas
placentarias está modulada por proteínas y enzimas. La placenta se comporta
durante el embarazo como una interfase entre la fisiología de la madre y el feto
y constituye una barrera ante un exceso en los niveles de glucocorticoides
maternos disparados, por ejemplo, por situaciones de estrés. Esta función de
barrera se cumple a través de la actividad de una de las enzimas placentarias,
la 11B-HSD2. Su particular importancia reside en que inactiva el cortisol,
transformándolo en su forma inactiva, la cortisona, y evitando así la activación de los receptores
de glucocorticoides.
Los niveles de esta enzima aumentan en el
curso del embarazo, cayendo su producción significativamente al acercarse el momento
del parto, para permitir que un mayor nivel de glucocorticoides maternos ingrese
en el ámbito fetal y favorecer así la maduración del sistema pulmonar, el SNC y
otros sistemas de órganos en los nacimientos a término (Murphy y Clifton 2003).
Se piensa que la función de la actividad de la
enzima es proteger al feto de los efectos deletéreos del exceso de
glucocorticoides maternos. En una reciente investigación en ratas, Jensen Peña
y col (2012) examinan el rol de
mecanismos epigenéticos en los efectos inducidos por el estrés materno sobre la
producción de esta enzima basándose en estudios previos que indicaban que el
estrés maternal durante el periodo prenatal podía disminuir la expresión de
esta enzima. Los resultados demostraron que el estrés prenatal estaría asociado
a un marcado descenso en el mRNA de la enzima así como a un aumento en los
niveles de metilación de la metiltransferasa dnmt3a y un aumento en la
metilación del ADN en sitios CpG específicos dentro del gen promotor de la
enzima. Este mecanismo epigenético sería el camino por el cual el estrés
prenatal podría alterar la expresión de los genes de la enzima.
Aunque las razones subyacentes no se conocen, también
se encontró reducida la expresión de estos genes en una investigación realizada
en pacientes con exceso de mineralocorticoides debido a mutaciones en el gen de
esta enzima, que dieron a luz niños de bajo peso, encontrándose
hipercortisolemia en la circulación fetal de estos niños (McTernan y col. 2001).
Aunque la enzima placentaria cumple la función
de aminorar el impacto del exceso de glucocorticoides maternos sobre el feto,
surge de los estudios mencionados que su actividad puede disminuir en
situaciones de estrés crónico materno y por lo tanto ser insuficiente para
evitar la sobreexposición fetal a los efectos deletéreos de los
glucocorticoides.
En contraste con este hallazgo, en trabajos de
investigación con animales se encontró que las situaciones de estrés agudo (Welberg y col. 2005) pueden aumentar la actividad de la enzima. En humanos, el tratamiento con
betametazona dentro de las 72 hs. anteriores al parto lleva también a un
incremento de la actividad de la enzima. (Stark y col.
2009). De modo que el aumento de la enzima podría ser una
respuesta adaptativa a elevadas cantidades de glucocorticoides en forma aguda, mientras
que en situaciones de estrés crónico este incremento produciría el efecto
contrario, es decir la disminución de la actividad de esta enzima y el aumento
de la exposición fetal a los glucocorticoides maternos.
IV. Efectos del estrés prenatal en la vida postnatal
Efectos en la vida post natal.
Los mecanismos exactos mediante los cuales la mujer
embarazada transmite su estado emocional al feto aún no se conocen con
precisión. Al no existir conexiones nerviosas entre la madre y el feto, en esta
monografía hemos examinado la interacción de las hormonas del eje HPA materno con
las hormonas placentarias, conjuntamente con la disminución de la actividad de
la barrera enzimática (enzima 11B-HSD2), como uno de los posibles factores de
transmisión.
En este sentido, en un trabajo de Nicole M. Talge y col (2007) se presume que el aumento de cortisol maternal
por sí solo no sería responsable de los efectos deletéreos del estrés maternal
sobre el feto, sino que se requeriría de la acción conjunta del cortisol
materno y el cortisol fetal estimulados por la CRH placentaria.
La relación del estrés maternal con el aumento de
niveles plasmáticos de CRH y cortisol en la madre y el feto ha quedado
demostrada en innumerables trabajos científicos, sobre todo en animales. En humanos, aunque hay creciente cantidad de estudios que
lo sugieren, la naturaleza, la magnitud y el momento evolutivo de sensibilidad
de estos efectos no se han caracterizado aun tan adecuadamente como en animales.
Esta relación ha sido
asociada con múltiples consecuencias en la vida postnatal tales como, fallas en
la habituación a estímulos en el feto, hiperactividad y déficits en la atención
y el aprendizaje y desórdenes en la conducta en niños pequeños. También se la
vinculó con trastornos de ansiedad generalizada y susceptibilidad a la
depresión y la esquizofrenia en la vida extrauterina.
Con respecto a otras enfermedades así llamadas
médicas, también se lo ha asociado a la predisposición a padecer enfermedades
cardíacas, diabetes y obesidad. Según trabajos de investigación de Weinstock, entre
otros, estas alteraciones podrían ser el resultado de la acción de esas hormonas
sobre sus receptores en el sistema límbico del feto, es decir en la amígdala,
el hipocampo y la corteza prefrontal (Weinstock 2008).
En cuanto a los periodos críticos de
vulnerabilidad, éstos se definen por los momentos de rápida división celular en
un determinado órgano. Y diferentes órganos se desarrollan en momentos
diferentes y a ritmos diferentes en una secuencia específica (Wadhwa y col.
1993). Por lo
tanto, el momento de exposición determinaría la naturaleza del efecto en la
programación del desarrollo fetal. Durante esos periodos de veloz división
celular, los órganos fetales podrían ser fácilmente afectados por
perturbaciones tales como el estrés materno (Johnston 1995;
Weinstock 2001).
Diversos estudios realizados tanto en roedores
como en humanos, (Sandman y Davis 2010; 2012) concluyeron que la
exposición del feto al exceso de hormonas maternales y placentarias tendría
efectos de largo plazo en las funciones neurológicas, con diversas consecuencias
dependiendo del momento de exposición.
En general, si la exposición al estrés
ocurriera sobre todo en las últimas etapas del embarazo se atribuye mayor
incidencia a su efecto sobre problemas emocionales, (O'Connor y col. 2002; 2003). En cambio las alteraciones en las áreas
cognitivas se atribuyen más a la sobreexposición al estrés materno en etapas
intermedias y tempranas del embarazo (Van den Bergh
y Marcoen 2004). Otros
estudios concluyen que el aumento de CRH placentario durante la última parte
del periodo de gestación humana es determinante en la organización del sistema
nervioso del feto (Sandman y col.
2011).
Con referencia a las alteraciones en la
programación del eje HPA, se ha detectado la presencia de receptores GR y MR en
el hipocampo a partir de la semana 24 de gestación del embarazo humano (Noorlander y col. 2006). Sin embargo, dados los efectos ya
mencionados sobre la alteración de conductas emocionales, se sospecha que las
alteraciones en la programación del eje comenzaría en una etapa anterior (Weinstock 2008). Como mencionáramos en el capítulo dedicado a los
receptores GR-MR, la expresión de genes de estos receptores se encontraría
alterada por el estrés prenatal siendo esta alteración uno de los mediadores
más significativos de la respuesta al estrés de los glucocorticoides en el eje
HPA fetal (Wust y col. 2005).
Otro estudio realizado por este equipo de
investigadores en jóvenes humanos adultos cuyas madres atravesaron experiencias
de eventos negativos graves en el embarazo, también arrojó resultados que
evidenciaron una correlación entre la exposición a estrés psicosocial prenatal,
y subsecuentes alteraciones del eje HPA (Entringer y col. 2009).
Con respecto a la depresión mayor, (Watson y col. 1999) encontraron una mayor incidencia de este trastorno
en jóvenes cuyas madres estuvieron expuestas a un terremoto durante la
gestación que en jóvenes cuyas madres no habían sufrido exposiciones a
catástrofes durante el embarazo. No obstante, sobre el tema depresión se
requerirían más estudios longitudinales ya que, según Bayer y col (1993), es posible que la
depresión y la desregulación del eje puedan ocurrir independientemente una de
la otra, si el momento de exposición materna al estrés ocurriera solo durante
el desarrollo del sistema límbico o solo durante el desarrollo del eje HPA, o
conjuntamente, si la duración del estrés fuera lo suficientemente prolongada
como para afectar a ambos sistemas.
Con referencia al estrés prenatal como factor
de riesgo de padecer esquizofrenia en la adultez, se encontraron dos trabajos
de investigación sobre el tema. En ambos casos se trató de hijos de madres que
padecieron situaciones de estrés muy severo durante el primer trimestre de
gestación. En un caso se trató de mujeres que habían sufrido la muerte de
parientes muy cercanos (Khashan y col. 2008), y en el segundo caso se
estudiaron casos de madres expuestas a la invasión de Normandía en 1940 durante
la segunda guerra mundial (van Os y Selten 1998).
Con respecto a posibles diferencias de género
en los efectos del estrés antenatal, en general se ha encontrado que el estrés
materno impacta más en el área cognitiva incrementando la ansiedad y los
síntomas depresivos en mayor medida en el género femenino que en el género
masculino, a pesar de que los resultados no son tan concluyentes como en otros
casos (Weinstock 2007).
En relación a estudios recientes en el área de
la genética y la epigenética, se encontró una relación por demás inquietante
con respecto a los posibles alcances de los efectos del estrés prenatal sobre
la longitud de los telómeros. Algunos
estudios de Entringer S. y col (2011; 2013) sugieren que el estrés
prenatal podría producir una alteración epigenética en la longitud de los
telómeros. El acortamiento de los telómeros de los leucocitos en el cordón
umbilical demostraría los efectos del estrés prenatal, con independencia de su
eventual correlato postnatal.
El aumento acelerado de CRH fue relacionado en
numerosos estudios con el riesgo de nacimiento prematuro y bajo peso al nacer
(ver apartado sobre Reloj Placentario). Estos nacimientos serían más frecuentes
en los casos de aumentos de la concentración plasmática de CRH de hasta el
doble de lo que ocurre en los nacimientos a término (McLean y col. 1995) por lo que estos factores constituirían una vía
indirecta de los efectos del estrés prenatal en la vida extrauterina.
Wadwha y su equipo de investigación también
encontraron esta correlación negativa entre la duración del embarazo y los
niveles de CRH. E incluso en algunos estudios se utilizó el parto prematuro
como un indicador de estrés materno durante la gestación y se encontró una
mayor incidencia de problemas emocionales, ansiedad, síntomas depresivos y
dificultades en el aprendizaje en estos niños que en niños nacidos a término,
además de otras enfermedades tales como, hipertensión (Cardwell 2013), asma (Khashan y col. 2012), y vulnerabilidad a la
enfermedad cardiovascular (Barker 2003).
Cambios morfológicos en áreas del
cerebro inducidos por el estrés maternal.
Además del hipotálamo, la hipófisis y las
glándulas adrenales, ciertas áreas del cerebro muy sensibles a los efectos de
los glucocorticoides y el CRH tales como la amígdala, el hipocampo y la corteza
prefrontal, también participan de la regulación del eje HPA. Se realizaron
estudios de imágenes de resonancia magnética en niños de 6 a 9 años cuyas
madres reportaron haber sufrido altos niveles de ansiedad durante el segundo
trimestre de embarazo, que mostraron reducciones en la densidad de materia gris
en áreas específicas del cerebro (Buss y col. 2010).
La amígdala, que está asociada con la
regulación del humor, el miedo y la ansiedad, está bi-direccionalmente
relacionada con el hipocampo y la corteza
prefrontal y se activa con el
estímulo de experiencias emocionales. Un exceso de glucocorticoides maternos y
CRH, especialmente durante el tercer trimestre de gestación podrían alterar en
forma permanente su reactividad al estrés (Davis y col. 2007; Rodrigues y col. 2009) y su volumen (Salm y col. 2004).
La corteza prefrontal está asociada con
procesos de atención, memoria de trabajo y en la modulación de la
emocionalidad. En estudios en roedores se comprobó una disminución
significativa en las espinas dendríticas neuronales en la corteza prefrontal (Murmu y col. 2006).
Con respecto al hipocampo se comprobó, también
en estudios en roedores, una reducción significativa en la proliferación
celular en el giro dentado como consecuencia de la actividad de un exceso de glucocorticoides,
lo que explicaría el déficit observado en la memoria y el aprendizaje. (Lemaire y col. 2000). También se observó una reducción en el número de
espinas dendríticas y sinapsis en células piramidales en región CA3 y una
reducción del volumen del hipocampo.
En contraste con estos
hallazgos, en otros trabajos de investigación, frente a un aumento moderado de
glucocorticoides se observó un incremento de la neurogénesis en diversas áreas
del hipocampo (Fujioka y col. 2006).
Si bien tanto el aumento de volumen de la
amígdala como la reducción del volumen del hipocampo, en general han sido
considerados factores de importancia en los efectos del estrés prenatal,
algunos investigadores consideran que su funcionalidad no depende
significativamente de este cambio morfológico.
V. Cuidados maternales postnatales –
Estimulación temprana.
Aunque la etapa postnatal excede los límites
estrictos de esta monografía, en virtud de que la ventana de máxima plasticidad
no se cierra con el nacimiento sino que es parte de un continuum con la vida
postnatal temprana, sería imposible soslayar la importancia de las experiencias
postnatales en los cambios epigenéticos que continuarán definiéndose en los
primeros momentos de la vida.
En la investigación de esta etapa hay
importantes trabajos de investigación en roedores realizados en los últimos
años por diversos equipos de investigadores cuyos resultados son, en general,
por demás alentadores ya que evidencian que muchos de los efectos del estrés
prenatal podrían ser reversibles si la cría recibe buenos cuidados maternales y
adecuada estimulación luego de su nacimiento. En estos casos, la investigación
en animales es especialmente fructífera ya que permite el intercambio de crías
entre madres. De modo tal que crías nacidas de madres experimentalmente
estresadas y con efectos observables de dicho estrés, pueden ser adoptadas por
madres no estresadas y recibir así cuidados maternales de buena calidad. Este
procedimiento ha demostrado que los efectos deletéreos del estrés prenatal han
podido ser moderados e incluso revertidos (Del Cerro y col. 2010). Estos resultados no
solo son alentadores desde el punto de vista clínico sino que también constituirían
una evidencia más de los efectos del estrés prenatal sobre la programación
fetal.
Como ya se dijo anteriormente, la revisión de
esta etapa excede los límites de esta monografía, pero se sugiere ver los
numerosos trabajos al respecto realizados por los equipos de investigación de
Michael J. Meaney que desde hace ya varios años, realizan investigaciones en
roedores sobre temas relacionados con la estimulación temprana, las
modificaciones epigenéticas y la transmisión transgeneracional de las mismas.
En estudios comparativos de animales adultos nacidos de madres estresadas
experimentalmente que recibieron estimulación temprana adecuada de parte de
madres no estresadas, con poblaciones que no recibieron la misma estimulación, se
registró una menor expresión de mRNA de genes de CRH en el núcleo
paraventricular del hipotálamo y el núcleo central de la amígdala (Plotsky y Meaney 1993) y niveles disminuidos de receptores de CRH en el
locus coeruleus. Estos hallazgos sugieren que en los animales que recibieron
adecuada estimulación temprana habría una menor activación del locus coeruleus
en la respuesta al estrés.
Es de destacar que en nuestro medio también se
están desarrollando trabajos de investigación en roedores sobre los efectos del
estrés prenatal, por equipos de investigación del Conicet. Uno de ellos es el
equipo coordinado por la Dra. Marta Antonelli que desde hace 14 años investigan
el efecto del estrés prenatal sobre el metabolismo dopaminérgico y
glutamatérgico en el cerebro de la cría a lo largo del desarrollo. Los resultados
muestran claramente no solo la disfunción de ambos sistemas sino también la
participación del eje hipotálamo-hipofisario-gonadal en estas alteraciones (Baier y col. 2012; Pallares y col. 2013a; Pallares y
col. 2013b).
VI. Conclusiones
A pesar de lo incompleto de esta reseña, es posible inferir de ella que el estrés maternal durante
la gestación, y su interacción con las hormonas del eje HPA materno y las
hormonas y enzimas placentarias, podrían tener enorme influencia sobre el
proceso de programación del desarrollo fetal. Y en ello hay amplia coincidencia
en los trabajos de investigación revisados en esta monografía.
No
obstante, quedan numerosos interrogantes sin responder tanto teóricos como
clínicos y epidemiológicos, con distintos niveles de complejidad. Mencionaremos
algunos de ellos: las discrepancias encontradas con respecto a la
correspondencia entre los niveles de cortisol maternos y fetales y su
influencia en el desarrollo del feto en distintas etapas del embarazo; o los
mecanismos que influyen en la eficiencia de la enzima 11B-HSD2 para evitar el
ingreso de un exceso de glucocorticoides al ámbito fetal.
También quedarían por develar con mayor
precisión los mecanismos de comunicación del estado de ánimo materno al feto y
el proceso de codificación de los estados de ánimo maternos a nivel molecular.
Un factor de gran importancia que resta
dilucidar se refiere a las diferencias individuales que inciden tanto en la
susceptibilidad a enfermedades, como por el contrario, en la capacidad de
resiliencia. Recientemente se han comenzado a realizar estudios con respecto a
polimorfismos hallados en los genes de los receptores de glucocorticoides, asociados
a diferentes patrones individuales de responsividad al estrés en respuesta al mismo
estresor (Wust y col. 2005). Indudablemente, mayor
investigación en este campo incipiente aportará nuevas evidencias al respecto.
En el área de la epigenética, si bien se han
identificado muchos de los genes relacionados con los diferentes procesos en
los que el estrés materno influye sobre la programación fetal y también algunos
de los mecanismos epigenéticos involucrados en la expresión o silenciamiento de
los mismos, no están tan claros los mecanismos de su transmisión transgeneracional.
Otro interrogante es el enigma evolutivo que
nos presenta la aparición del CRH placentario exclusivamente en el embarazo de
humanos y primates y la medida en que su ausencia en roedores impacta en la
transpolación de los resultados de estudios en animales a humanos.
También sería importante disponer de una mayor
cantidad de trabajos de investigación en distintos ámbitos étnicos, sociales y
culturales que permitan comparar y convalidar resultados, ya que la mayor parte
de los estudios en humanos revisados en esta monografía, han sido realizados en
poblaciones de países desarrollados.
Por último, cabe agregar que es innegable la
importancia de los avances científicos y tecnológicos que se han alcanzado en
las últimas décadas, al menos en los países desarrollados, con respecto al
cuidado y atención de la mujer embarazada en cuanto a su salud física. En
cambio, se podría afirmar que los aspectos emocionales de su salud no han recibido
la misma atención; en buena medida quizás porque se habría soslayado la
importancia que, de acuerdo a todos los trabajos de investigación revisados en
esta monografía, tendrían los aspectos emocionales tanto en la salud de la
madre, como en la de la generación que le sigue. Si bien se podrá decir que todavía
se requiere mucho trabajo de investigación, sobre todo en humanos, acerca de
numerosos aspectos relevantes de la influencia del estrés maternal en la vida
fetal, la evidencia actualmente existente por sí sola permite asegurar sin
demasiado margen de error que la salud emocional de la madre gestante debería
ser considerada y tratada con el mismo cuidado con el que, ya nadie duda, debe
ser tratada su salud física.
Podemos suponer que así como el estrés
emocional tiene efectos deletéreos tanto en la salud de la madre como en la
trayectoria del desarrollo fetal, se deberían evaluar adecuadamente, como
contrapartida, los alcances de los efectos de un buen soporte social durante la
gestación. Sería deseable que el material de investigación existente sobre la
importancia de los efectos de las alteraciones emocionales maternas sobre el
desarrollo fetal, fueran tomados en cuenta para generar conciencia sobre la
necesidad de promover políticas públicas de protección del estado emocional de
la madre gestante, así como la detección de marcadores tempranos de estrés en
el feto a fin de intervenir tempranamente en el niño y minimizar en lo posible
los efectos del estrés prenatal.
VII.
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